Japón,  Vuelta al mundo

Japón – Día 1

Kōya-san y Yunomine Onsen

Amanecemos en un área de descanso en las afueras de Osaka. Todo está tranquilo, hay un estanque con garzas y aseos con inodoros inteligentes (de los que tienen un panel de control para elegir la dirección del chorro, la temperatura del agua del chorro y hasta poner música). Estamos asombrados con tanto detalle.

Arrancamos el día en dirección a Kōya-san. Paramos en un supermercado a comprar nuestro desayuno: café con leche, un bollo dulce y otro salado y triángulos de arroz envueltos en alga (onigiri), uno relleno de salmón y otro de mostaza y unas hojas picantes.

Primer desayuno en Japón

Kōya-san

Nos internamos en un área montañosa de bosques frondosos envueltos en neblina, en cuyo interior, a 800 metros de altitud, se encuentra Kōya-san, el lugar donde Kōbō Daishi (nombre póstumo del fundador de la secta de budismo shingon) fundó una comunidad religiosa en el año 816, dedicada al estudio del budismo en un entorno aislado, alejado de las mundanas distracciones, y que actualmente alberga un complejo monástico y un enorme cementerio.

Oku-no-in

Aparcamos el coche y nos dirigimos al Visitor Information Center, donde nos dan un mapa de la zona y nos explican qué podemos ver. También nos indican cómo debemos purificarnos antes de entrar en Oku-no-in, uno de los lugares espirituales más importantes de Japón.

Enfrente del centro de información se encuentra el puente Ichi-no-hashi, lo cruzamos para coger el sendero que se adentra en Oku-no-in. Verdaderamente este lugar inspira tranquilidad y espiritualidad: encajado entre montañas, inmerso en un bosque perenne de cedros y abetos y bañado por una bruma mística. Caminamos entre cientos y cientos de lápidas y monumentos (hay más de 200.000) que se intercalan con coníferas y están cubiertas de musgo, piedras esculpidas que se integran en la naturaleza y naturaleza que se integra en la piedra esculpida. Abundan los gorintō, torres de piedra de cinco niveles que representan los cinco elementos del budismo (tierra, agua, fuego, viento y cielo).

En Oku-no-in abundan los gorintō

También llaman nuestra atención los jizō, unas pequeñas figuras budistas de piedra con baberos de tela que representan la deidad protectora de los niños. Cuando alguien pierde un hijo, coloca un babero en una de estas figuras para que lo proteja en el más allá.

Numerosos jizō en Oku-no-in

Mientras caminamos por el sendero, un señor se dirige a nosotros en inglés, con curiosidad, y nos acaba mostrando una estatua con especial significado para él (entendemos que es un buda guerrero, aunque no nos queda del todo claro) y después se ofrece a hacernos una foto.

El camino lleva hasta unos edificios de madera. Antes de cruzar un puente (Mimyo-no-hashi) vemos una fila de estatuas, la gente se detiene frente a ellas una a una, reza y les echa agua con un cazo.

Desde el puente se puede ver un conjunto de tablas de madera con inscripciones colocadas en el agua en recuerdo a los no nacidos y a los fallecidos ahogados.

Desde el puente se puede ver un conjunto de tablas de madera con inscripciones colocadas en el agua

Cruzamos el puente y encontramos Miroku-ishi, una caseta de madera del tamaño de una cabina de teléfonos en la quer se encuentra la piedra que se dice que pesa tanto como los pecados de quien la intenta levantar. ¡Imposible moverla!

A continuación encontramos el edificio principal, Tōrō-dō, con cientos de faroles que permanecen siempre encendidos. Al lado de éste se encuentra el mausoleo de Kōbō Daishi (de quien se dice que no está realmente muerto, sino que permanece en estado de meditación). En este lugar, de los más sagrados de Japón, se debe permanecer en silencio y está prohibido hacer fotografías o usar el móvil.

Regresamos por una zona más moderna del cementerio, donde descansan algunas personalidades contemporáneas.

Kongōbu-ji

Cogemos el coche y avanzamos hasta un parking municipal en la zona de templos, junto al museo Reihōkan. Alucinamos con los baños públicos del aparcamiento, tienen hasta báscula y un asiento para dejar al bebé mientras se usa el váter.
Kongōbu-ji es el principal templo administrativo budista shingon, de gran tamaño por la fusión de dos templos preexistentes. La puerta principal es la estructura más vieja, del siglo XVI. Además, el hall principal tiene puertas correderas del siglo XVII decoradas con paisajes.

Kongōbu-ji, puerta principal

Dentro del edificio hay que quitarse el calzado. Se hace extraño ver a todo el mundo caminar descalzo, pero la verdad es que el suelo está impecable y además es más cómodo, como andar por tu casa.

Kongōbu-ji

Kongōbu-ji alberga el jardín de rocas más grande de todo Japón, hecho con granito y piedras blancas, representando dos dragones protectores en un mar de nubes.

Kongōbu-ji, jardín de rocas

Junto al jardín ofrecen té verde y pastas de arroz, que aceptamos agradecidos. En el recinto también hay una exposición de caligrafía.

Té verde y pasta de arroz en Kongōbu-ji

Dai Garan

Cuando terminamos la visita de Kongōbu-ji, continuamos subiendo la calle pasando frente a Joki-in y Daishi Kyokai y entramos en el complejo de Dai Garan, un conjunto de templos y pagodas cuya construcción se inició en el siglo IX con Kōbō Daishi para el estudio y la meditación, aunque muchos son restauraciones de los siglos XX y XXI. Aquí encontramos Konpon Daitō (una pagoda roja de 50 metros de altura) que está cubierta por andamios; Kondō (el templo principal), Miedo (sala de retratos), entre otros. En una plaza hay una enorme campana que oímos tocar.

Campana en Dai Garan

Paseamos por el complejo y salimos por la impresionante Daimon, la entrada principal a Kōya-san, con madera pintada de rojo y dos impresionantes esculturas de guardianes en piedra.

Comemos en un pequeño restaurante local, pedimos udon con ternera y arroz con pollo y huevo, todo riquísimo.

Comida en Kōya-san

En la misma calle hay varios restaurantes, nos llaman la atención algunos de los escaparates, en los que están expuestas réplicas de los platos que ofrecen, increíblemente realistas.

Escaparate de un restaurante en Kōya-san
Información práctica recogida a pie de templo:
  • La entrada a Kongōbu-ji cuesta 500¥ por persona.

Yunomine Onsen

Volvemos al coche y nos alejamos de Kōya-san. La carretera avanza por la montaña, completamente envuelta por un bosque espeso. Es de doble sentido pero inimaginablemente estrecha, sinuosa y repleta de espejos que intentan dar algo de visibilidad en curvas demasiado acentuadas. Afortunadamente, tan sólo nos cruzamos con un vehículo antes de llegar a la autopista. Todo un reto, pero también una experiencia increíble.

En el camino paramos a comprar en un supermercado y finalmente a las 16h llegamos a destino. En el Kumano Hongu Heritage Center nos dan mucha información de la zona, con mapas, textos, actividades y horarios, además son encantadores. Queremos ir a un baño termal (onsen), nos decantamos por los baños públicos (sentō) de Yunomine Onsen, queremos vivir la experiencia más auténtica.

Yunomine Onsen

Compramos las entradas en una máquina y cogemos una toalla grande, jabón y ropa para cambiarnos después del baño, dejando el resto de pertenencias en una taquilla.

Cogemos las entradas de una máquina

Los baños están separados por sexo, por lo que viviremos esta experiencia por separado, aunque al comentarla más tarde resulta bastante similar. Al entrar nos quitamos la ropa. Quedarnos desnudos en público (por primera vez en nuestra vida adulta) nos genera una sensación extraña, supone romper un muro mental gigante. Pasamos a la zona de baño propiamente dicha. Somos los únicos extranjeros. En ambos casos, una persona mayor, al vernos entrar, nos explica mediante mímica cómo proceder. En primer lugar nos lavamos agachados en un taburete bajo, punto importante éste. De hecho, María es interceptada al pretender lavarse de pie, e inmediatamente abandona cualquier escrúpulo y se sienta en esa banqueta en la que ha reposado medio pueblo en bolas. María coge el agua de una tinaja con un cucharón de madera y Raúl con una especie de barreño. Una vez mojados, nos enjabonamos con vehemencia la cabeza y el cuerpo. Vemos que usan una toalla pequeña para frotarse concienzudamente, parece opcional pero un hombre advierte que Raúl no tiene y le ofrece la suya cuando termina de usarla, oferta declinada por Raúl con una amable sonrisa. Nos aclaramos con abundante agua, quedando impecables. Sólo entonces nos podemos sumergir en las aguas termales a 40-42ºC (pero no el cabello, que debe permanecer recogido). La toalla que usan para lavarse la colocan cuidadosamente encima de la cabeza, de manera que no toca el agua. Estamos sencillamente maravillados con esta experiencia. María a los pocos minutos se queda sola, pero en el baño de hombres Raúl tiene la oportunidad de observar la función de un baño público local como punto de reunión.

Salimos renovados, qué gustazo de baño. Caminamos hasta el coche, lo hemos dejado en un aparcamiento a la entrada del pueblo, un área de descanso con baños. Cenamos sushi, filete empanado y verdura en tempura. Decidimos dormir ahí mismo.

Información práctica recogida a pie de onsen:

En el Kumano Hongu Heritage Center nos informaron sobre tres onsen:

  • Kawayu: en el río, al aire libre, gratuito. No nos lo recomendaron porque debido a las intensas lluvias de los días previos, el río estaba muy crecido y el agua llegaba sucia.
  • Wataze: de los más grandes de Japón, con varias piscinas a diferentes temperaturas, algunas de exterior, de pago.
  • Yunomine: por una parte encontramos los baños públicos (sentō, 250¥, con opción de aguas medicinales, 390¥) y por otro el Tsubo-yu (el onsen propiamente dicho en Yunomine, para uso particular, asociado a la peregrinación por los templos de la zona, 770¥).

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