Nariz del Diablo
Tostamos pan de semillas y preparamos tomate rallado con aceite de oliva y sal y plátano frito, está todo riquísimo.
En dos horas llegamos a Alausí, localidad en la que paramos hace unos días, donde comimos en un mercado rodeados de locales, Raúl se cortó los rizos y no pudimos coger un tren. Pero esta vez venimos preparados, con los billetes comprados hace varios días en Quito.
El tren llega a la estación, es de estilo clásico en madera.


La locomotora maniobra para unir un nuevo vagón, después para en el andén y los pasajeros nos disponemos a subir tras mostrar el billete al revisor. El empleado que nos vendió los billetes en Quito nos seleccionó los asientos en el último vagón y del lado derecho en dirección ida, indicándonos que eran los que tenían mejores vistas. Los vagones por dentro guardan la misma estética que el exterior, con un aire clásico de hace un siglo.
El tren sale de la estación. Inicialmente el barranco queda del lado izquierdo, pero tras una curva cerrada cruza por un puente a otra ladera y el abismo queda bajo nuestra ventana. Un guía va relatando la historia de los ferrocarriles ecuatorianos y de la Nariz del Diablo a través de un micrófono desde el fondo del vagón mientras el tren avanza con un traqueteo lleno de encanto.


Nos enteramos de que en la construcción de este ferrocarril murieron 2500 trabajadores, una cifra escalofriante.
Llegamos a la zona crítica, la esperada Nariz del Diablo. Es un tramo corto pero con un gran desnivel que el tren consigue salvar con una obra de ingeniería reconocida en todo el mundo que dibuja una enorme Z en la ladera de la montaña. El tren frena hasta detenerse; encontrándose aún en marcha, un ayudante de maquinista ha bajado de la parte trasera y cambia las agujas de un desvío que hemos pasado. A continuación el tren comienza a moverse marcha atrás, entramos en la vía que desciende la ladera hasta pasar otro cambio de agujas, se detiene, la maniobra se repite y continuamos marcha adelante con la locomotora en primera posición por la recta inferior de la Z.
El tren se detiene más allá de la estación de Sibambe, en un punto desde el que se puede ver con detalle la Nariz del Diablo.

Después retrocede hasta la estación, donde nos espera una guía indígena que nos muestra el pueblo (en el que no vive nadie, se encuentra en exposición para los turistas), una casa típica, objetos cotidianos, un torno con el que están extrayendo jugo de caña de azúcar y una representación del nido de un cóndor, pues antes de la llegada del ferrocarril esta zona se conocía como lugar donde habita el cóndor.

Compramos un vaso de jugo por 1 US$, a María no le gusta nada pero Raúl se lo bebe entero. Es mediodía y tenemos un rato libre hasta la hora de regreso, así que decidimos comprar pizza y empanadas de caña de azúcar que están preparando en un horno de leña y que nos saben mejor que las fritas. Nos acercamos a la plaza central, donde un grupo de mujeres y hombres bailan al ritmo de animadas canciones regionales.

De vuelta a Alausí se repiten las maniobras para escalar la Z y el paisaje del valle encajonado.
Llegamos a la estación, cogemos el coche y ponemos rumbo a Guayaquil. El viaje iba a durar dos horas y media, pero atravesar la cordillera de Bulubulu entre la niebla más densa en la que jamás nos hemos sumergido nos supone llegar a Guayaquil después de más de cuatro horas de viaje.
Hemos decidido dormir en el mismo alojamiento que a nuestra llegada a Guayaquil, de hecho incluso decidimos cenar lo mismo: una riquísima tortilla de patatas, que acompañamos con ensalada y piña. Mañana es nuestro último día en Ecuador.
Información práctica recogida a pie de tren:
- Los billetes de tren de la Nariz del Diablo se pueden comprar por internet en trenecuador.com (en teoría, aunque nosotros lo intentamos y no lo conseguimos) o presencialmente en una estación de tren (no necesariamente en Alausí, nosotros los compramos en Quito). Pide un asiento que dé al barranco para tener mejores vistas y en el último vagón para ver bien las maniobras. El precio de un billete es 33US$.