Quito
Tras una ducha caliente y un desayuno tan contundente como el de ayer, nos despedimos de los dueños del alojamiento de Zumbahua con un buen apretón de manos y nos montamos en el coche para continuar nuestro viaje hacia el norte por la Panamericana, con Quito como próximo destino.
En dos horas estamos entrando en la ciudad Quito. Tenemos localizada una estación de tren que nos viene de paso, pues definitivamente hemos cuadrado una fecha en nuestro itinerario para la excursión en tren por la Nariz del Diablo, pero la encontramos cerrada a cal y canto (la impresión es que lleva así años). Así que vamos para nuestro albergue, aunque nos liamos con el navegador y damos unos cuantos rodeos antes de llegar. Eso sí, dando estos rodeos por Quito encontramos una estación de tren que sí está abierta y conseguimos nuestros billetes.
Nuestra prioridad tras registrarnos en el albergue es hacer la colada… es lo que tiene un viaje largo. Nos recomiendan una lavandería en el mercado Central, llevamos nuestra bolsa de ropa sucia y, ya que entre pitos y flautas son las 13h, aprovechamos y comemos en el mercado. La verdad que nos cuesta encontrar un plato que no incluya vísceras; finalmente tomamos cerdo asado con mote de maíz (maíz cocido). Después iniciamos la visita del centro histórico de Quito.

Nos dirigimos inicialmente a la iglesia de San Agustín. Se accede por un museo religioso que no nos suscita mucho interés, por lo que continuamos hacia la plaza Grande, el corazón del casco antiguo. Está flanqueada por edificios emblemáticos, entre los que destacan el antiguo palacio Arzobispal, la catedral Metropolitana y el palacio de Gobierno (o de Carondelet). Comenzamos por el palacio Arzobispal, convertido en un centro comercial con un patio central lleno de restaurantes, muy chic.

Al otro lado de la plaza se encuentra la catedral.

Pagamos en taquilla y entramos. Recorremos el interior, contemplando la gran estructura y las pinturas de las paredes. Hay dos curiosas, una de la Última Cena con un cuy (conejillo de indias) asado en una bandeja sobre la mesa, y otra pintura del portal de Belén con una llama. Continuamos por el museo, en el que conservan multitud de objetos: joyería eclesiástica, vestimenta, instrumentos… A nosotros no nos parece muy interesante. Salimos por el lateral y regresamos a la plaza para echar un vistazo al exterior del palacio de Carondelet.
Continuamos explorando la ciudad. Compramos para probar un plátano cubierto de chocolate, que aquí debe ser popular ya que lo hemos visto vender bastante; nuestro veredicto es que no os lo recomendamos. Paseando llegamos hasta la iglesia de la Merced y de ahí continuamos hasta la plaza de San Francisco, una plaza amplia, adoquinada y bastante animada en la que se encuentran la iglesia y convento de San Francisco y la capilla de Cantuña. Entramos a esta última, el espacio interior es relativamente amplio y muy adornado. Leemos en la guía que existe la leyenda de que Cantuña, su constructor, vendió su alma al demonio a cambio de conseguir terminar de construir la capilla a tiempo; justo antes de finalizar el plazo retiró una piedra del edificio y así consiguió salvar su alma.

Continuamos hasta la iglesia de la Compañía de Jesús, famosa por sus minuciosos detalles tanto por fuera como por dentro; nosotros nos contentamos con el exterior, aunque seguramente merece la pena visitar su interior.

Continuamos paseando, parando para merendar un gofre (Raúl tenía el capricho desde hace días). Vamos callejeando, pasando por la calle García Moreno, en la que se encuentra la casa museo María Augusta Urrutía, por la calle Venezuela, en la que destaca la casa de Sucre (uno de los personajes más ilustres de Ecuador) y pasamos bajo el arco de la Reina, a un lado queda la iglesia de El Carmen Alto y al otro el museo de la Ciudad.

Un poco más adelante se encuentra la calle Morales, conocida como Ronda, una antigua calle estrecha y tortuosa convertida en reclamo turístico, llena de restaurantes de los que asoman camareros agitando la carta (nos llaman la atención las pizzamburguesas, hechas con minipizzas en lugar del pan).
Seguimos por la plaza de Santo Domingo, que prometía estar llena de artistas callejeros, pero tan sólo encontramos transeúntes y un par de policías.
Regresamos al hostal, nos damos una ducha y nos preparamos para salir con el vestuario más elegante que nos permite nuestra mochila de vuelta al mundo. Hoy tenemos una cena muy especial, pues hemos quedado con nuestros amigos Martín y Cristina. Han reservado mesa en un restaurante genial, en lo alto de una colina, en Itchimbía, acristalado y con vistas a la ciudad. Nos queda cerca del alojamiento, pero por recomendación de Martín vamos en coche.
Nos emociona reencontrarnos con Martín y conocer a Cristina. Han reservado mesa junto a la pared acristalada, las vistas de la enorme ciudad iluminada son espectaculares. Cenamos fritada, empanadillas, gambas al ajillo y tarta (tres leches y de chocolate). Charlamos y charlamos hasta que se hace tarde y no queda nadie más en el restaurante, ¡el tiempo pasa volando! Martín y Cristina, ¡mil gracias por la cena! Nos despedimos, esperando a volver a verlos pronto y compartir otro ratito de felicidad.
Información práctica recogida a pie de casco antiguo:
- La entrada a la catedral cuesta 4 US$ por persona. Incluye la visita del museo eclesiástico que hay en sus instalaciones.
- Merece mucho la pena la vista nocturna a la ciudad iluminada desde Itchimbía. Y si es en buena compañía, resulta inmejorable.